Una carta para mi amiga que se fue.

Miércoles tarde llego a la guardia, obvio ya había un grupo grande haciendo rancho. Pasá a verla, me dice tu hermana. Ahora sale Nati y entrás. En el camino me encuentro con Nati, con un abrazo y llanto desconsolado me puso en órbita que no estabas muy bien. Entro al primer box del shock room, otra vez llena de cables, monitores que suenan, drenajes y sondas. Que distinto se siente estar del otro lado de las cortinas. Somos como invisibles para el personal, claro están laburando; como lo hacíamos nosotros en la guardia en que nos conocimos, te acordás? Si habremos corrido una y otra vez las cortinintas para ver los pacientes internados. No es lo mismo estar de este lado de la cortina. Te miro, estas dormida, inconsciente. Me acerco a tu oreja derecha para decirte que soy yo y que te amo. Te canto un poquito de … vamos pa’ la playa pa’ curarte el alma, no quiero llorar. Quiero ayudar, una vez más no está en mis manos.

Nos quedamos como dos horas esperando afuera, hasta que por fin te vemos pasar  para el ascensor que va a la terapia. Por fin! casi 24 horas en el shock room. Hora y media más tarde, nos llaman a hablar en una sala preparada para eso, “para charlar”. Ahí una médica muy humana y práctica a la hora de hablar, nos da la charla que no queríamos tener. Un panorama triste y de final. Amiga, me voy a reservar contarte ese momento porque fue muy duro. Sobre todo porque no estaban ni tu papá ni tu hermana. Asi que le pedimos a la doc que por favor repitamos lo mismo a la mañana temprano. Esa noche me desperté cada una hora a ver el celu y a las 08.30 estábamos todos. Esta charla fue prácticamente la misma, pero más triste aun. Todos lloramos, todos. Lloramos, solos, abrazados. Todavía me acuerdo las caras del resto de la gente de la sala espera. Claro, también éramos muchos. La cosa cambia a partir de las 10.30 cuando vos de una manera heroica te conectás, hablás y  preguntás si te van a dar el alta con internación domiciliaria.  Aquí no ha pasado nada señores, a secarse las lágrimas y a volver como si nada, como si todo.

Tipo tres de la tarde viene Leti y te la llevo de sorpresa. Nos agarrás uno de cada mano y nos decís “ tengo una misión para ustedes, necesito que contrabandeen algo para mi, vos” A mi me lo pediste guacha. Que sabes que no me puedo negar. Me haces sentir todo poderoso e inocentemente te digo obvio amiga, lo que quieras. “Quiero un Bay biscuit” Leti y yo rompemos en carcajadas, literal desencajados. No seas forra, no me hagas esto. Tenés una hemorragia digestiva, no podés comer. “El duro tráeme, no una vainilla, ah y un café para mojarlo”. “Dale boludo, tráeme eso si sabés que no me lo voy a comer todo”. Yo que tengo todos los problemas con la ley, lo correcto, no romper normas y la culpa. OK, vamos por eso. Por supuesto que pedí aprobación al grupo y todos me habilitaron. Que placer más enorme fue el verte meter ese Bay Biscuit en el café con azúcar. Ni las vías, los sensores, ni la sonda nasogástrica, ni tu extrema debilidad fueron impedimento para saborear lo que deseabas. Cuando me fui me guiñaste el ojo y me dijiste misión cumplida. Te amo demasiado la puta madre.

Querida amiga, no voy a seguir describiendo los días que siguieron porque fueron muy duros y desgastantes.

Quiero decirte que tus últimas semanas, me conectaron lo más hermoso del ser humano. Con todo eso que nos distingue como especie. Me regalaste la posibilidad de ser más empático, solidario, amoroso, cariñoso, sensible. Me conectaste tanto con el presente. Me conectaste con el amor. Me enseñaste que la muerte, aunque es injusta es parte de nuestras vidas. Y obvio que me regalaste más cosas que no voy a escribir en esta carta, tal vez en otra porque eso si que fue maravilloso.

Que tipa increíble sos amiga. Porque claro que hablo en presente, porque aún vivís en mi corazón.

Vamos pa’ la playa pa’ curarte el alma.

Con todo mi amor y sonrisa en el pecho, Luqui.-